Una luz entre las tinieblas

            Nadie está preparado para morir, ni nadie escapará de la muerte.  Desde que nacemos, por definición, somos mortales.  Esa es la verdad más irrefutable de la vida. Cuando hablamos de la muerte, casi siempre es en sentido figurado, tiene el nombre y apellido de otros, es alguien que conocimos, un vecino, un familiar lejano, pero pocas veces nos la planteamos en nombre propio con lo que ello significa y conlleva. Ese es el miedo y la incertidumbre al trance definitivo de la vida.

            Nuestro instinto de conservación, innato en el ser humano, nos hace luchar hasta el último minuto de vida, defendernos, aferrarnos y pelear por ella. Mi profesión me ha llevado a vivirla de cerca, a verla llegar de diferentes maneras y circunstancias,  y puedo asegurar que a pesar de lo trágico y del dolor que causa a los seres queridos hay un momento de paz absoluta que precede al instante mismo de la cesación de la vida. Un misterio.

Pero, ¿y el alma, qué lugar ocupa?

               La vida terrenal sin Dios no sabe qué hacer con la muerte. No le encuentra sentido ni respuesta a morir. Para aquellos que piensan que todo termina con la muerte no hay ninguna palabra de esperanza ni consuelo que llene ese temido silencio y ese miedo a la desaparición eterna.  El ser humano está acostumbrado a creer sólo lo que ve. Por ello si no se ve el alma, habrá razones para cuestionar su existencia. Pero tampoco se ve el amor y lo sentimos y forma parte de nuestro ser. Y es algo nuestro, íntimo y personal.

             Nuestro cerebro, por muy perfecto que nos parezca y esté diseñado, no deja de ser materia que desaparecerá con nosotros. El espíritu humano, el alma que habita en cada uno de nosotros, es la que nos hace sentir, reflexionar y analizar lo que nos rodea. Es la que nos hace despertar la conciencia, la que permanece siempre inalterable al paso de los años. Todos somos un espíritu habitando un cuerpo de forma temporal.

           Hoy se marchó un ser querido..  Alguien que escapó de un cuerpo inerte, sin vida, para permanecer siempre en la memoria.

Para mi tio Juan L.P.  que descanse en paz, este verso que tanto me gusta.

Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo”.     

Miguel Hernandez                                                                                      

 

         

 

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