Tendremos primavera Vaticana

A efectos de sucesión, renunciar como ha hecho Benedicto XVI, lejos de haber sorprendido al mundo católico es como si el Papa hubiese muerto. Joseph Ratzinger ha puesto al Vaticano en la más sonora encrucijada de los últimos siglos.  Al romper tajante su vinculación con la silla de Pedro, la iglesia actual ha quedado gobernada por el colegio de cardenales y en el transcurso de un mes el cónclave tendrá que elegir al nuevo pontífice de la Iglesia Católica.

Hasta ese momento el Cardenal Camarlengo se encarga de dirigir y preparar el cónclave que estará formado por los cardenales que no hayan cumplido los 80 años.  El abanico es amplio, son alrededor de 120, aunque no todos estarán preparados para ello.  Para lo cual desde el próximo jueves 28 de febrero, los cardenales vivirán en territorio vaticano alejados del mundanal ruido y de todo contacto con el exterior.  Dicho cónclave tendrá lugar en la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico Vaticano, sede del máximo poder de la Iglesia Católica.

Pero volviendo a Benedicto XVI,  hace unos días en las redes sociales  leyendo los últimos tweets relacionados con su renuncia la inmensa mayoría eran humillantes, injuriosos y ofensivos.  Tachaban al Papa de todo tipo de calificativos sin precedentes, todos ellos por supuesto anónimos. Me preguntaba si los mismos que los escribían lo harían de forma tan contundente también hacia otros líderes políticos y religiosos y si tomaban con tanta vehemencia otros asuntos cotidianos que podría enumerar de sobra conocidos por todos. Me expreso desde la objetividad, no arrastrada por simpatías por la devoción o la fe, podré estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que ocurre en la Iglesia Católica pero es irrebatible que Ratzinger, el hombre, ese con el que se han cebado sin escrúpulos aquellos que nunca leyeron nada sobre él,  posee una amplitud de conocimientos teológicos como pocos hemos conocido y  cuyos libros son tratados de filosofía, antropología y humanismo.

He rescatado una cita en uno de sus libros que he leído recientemente, es un pensamiento relacionado con la situación del creyente y del no creyente en la actualidad

“…el creyente de hoy se encuentra amarrado a una cruz, pero esa cruz no se encuentra amarrada a nada.  No obstante, el creyente está convencido de que ese madero al cual está “atado” es más fuerte que toda la nada que circunda la cruz… la fe está siempre amenazada de caer en la duda, y la duda en la nada, es el vacío del alma, la “nausea” de Sartre.  Nadie podemos escapar completamente a la duda”

Si observamos este texto no podemos pensar solo en religión y teología, en esas líneas como en casi todo el libro evoca el pensamiento de Platón, los textos de San Agustín, e incluso la filosofía moderna de Descartes, y sin embargo esto lo escribió ese hombre que probablemente cansado de las vestiduras recamadas y con algunas dudas sobre su propia fe ha tomado la decisión de marcharse, de retirarse a escribir el tiempo que le quede de vida y huir de las críticas, de las rigideces y de todo lo que ocurría bajo el solio de Pedro.  Resulta un consuelo oir que se marchaba alguien que está en la cúspide, en lo más alto del escalafón argumentando que ya no le quedaban fuerzas para seguir adelante al frente de la Curia Vaticana, y no es lo habitual, hoy todos quieren mantenerse en el sillón pese a quien pese.

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