Las reliquias de San Pedro en las grutas vaticanas.

La tumba de San Pedro apostol

         Si alguien me preguntase qué visitar en Roma o qué lugares de la ciudad le recomendaría me pondría en una encrucijada. Me es imposible contestar. No puedo abarcarla solo con los recuerdos porque Roma es grandiosa, antigua, histórica, una ciudad única en el mundo y su gran legado es nuestra civilización y nuestra lengua.  Cuando el pasado verano estuve allí, regresé al mismo lugar que hacía una década.  Parecía que la escena se repetía, pero era yo la que me dejaba llevar por aquella escalera doble, rodeada por una balaustrada, bajo el altar central y la cúpula de la Basílica de San Pedro.

             Descender por aquellos peldaños que concluyen en las lóbregas grutas vaticanas, podría formar parte de un itinerario turístico más, pero no es así.  Ya en el último tramo se vislumbra el resplandor del mosaico del Cristo Pantocrátor, que atesora las reliquias de San Pedro, primer obispo de Antioquía y primer pontífice de Roma.  Confieso que para quien lo visita fuera de la fe, aquello no es más que un inmenso pasillo en penumbra rodeado de tumbas papales, en donde el silencio se impone desde el primer momento que lo pisas. El tema está cuando uno quiere interpretar el evangelio y recordar bajo aquellas galerías oscuras lo que hace más de 2000 años ocurrió en la vida de aquel apostol, un pescador de Betsaida (Galilea), que acompañó a Jesús de Nazareth a lo largo de su vida.

            No fue hasta 1939, durante el papado de Pio XII, cuando se realizaron unas excavaciones arqueológicas en la cripta de la basílica,  y éstas dejaron al descubierto una Necrópolis que data de los siglos II y III. Existía una tradición que suponía que debajo del baldaquino de Bernini, bajo la cúpula de Miguel Ángel, había una ne­crópolis, un cementerio, donde había sido enterrado San Pedro, pero de esto todavía no había certeza en firme.  Pío XII determinó que siguieran excavando y apareció dicha necrópolis.  Una década después, en 1950, una inscripción en griego que decía:  Πέτρος  εηι   “Pedro está aquí”, llevó al papa a comunicarle al mundo la aparición de la tumba del apostol.

             Terminada esta investigación, en 1952, la profesora Margarita Guarducci, arqueóloga y  experta en epigrafía griega, comenzó a descifrar los grafitos que hay en uno de los muros adyacen­tes a esa tumba, hallando una inscripción críptica que decía “Pedro, ruega por los cristianos que estamos sepultados junto a tu cuerpo”. Excavando, descubrieron un nicho forrado de mármol blanco, y en su interior unos huesos.

            El análisis de estos restos, fue llevado a cabo por Venerando Correnti, antropólogo de la Universidad de Palermo, concluyendo el estudio de la siguiente forma:  “Los huesos tienen un color rojo provenientes del paño dorado y púrpura en que fue envuelto, también, aparte de tela (púrpura), hay restos de hilos de oro, lo que lleva a pensar que ésta seria una persona venerada, posiblemente los huesos se retiraron de la tumba original para «guardarlos» en el nicho y así quedar protegidos, pues el nicho estaba intacto desde Constantino hasta el hallazgo. Estos huesos encontrados pertenecen a la misma persona, un ser robusto, de sexo varón, con avanzada edad (posiblemente setenta años) y del primer siglo”.  Fue entonces cuando el papa (Pablo VI)  anunció al mundo que las reliquias de San Pedro habían sido descubiertas.

            Pedro el apostol, murió en Roma, martirizado bajo el mandato del emperador Nerón y crucificado cabeza abajo, en el circo de Calígula, junto al monte Vaticano.  Fue sepultado en un lugar cercano, en donde los primeros cristianos se congregaban en secreto en un tiempo de persecuciones en Roma.  A principios del siglo IV, el emperador Constantino I El Grande mandó construir sobre ese lugar la Basílica de San Pedro.

 «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo»   (Mateo 16:18-19)

*Las reliquias de San Pedro.   Margarita Guarducci,

San Pedro tallado por Giuseppe De Fabris y Adamo Tadolini (1847)

 

 

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