El efecto placebo

           Casi nadie se para a pensar que uno de los medicamentos más eficaces del mundo no es en realidad un medicamento.  Estoy hablando del placebo, una cápsula rellena de azucar o gelatina o bien una inyección de suero salino.  En ellos no hay producto químico ni componente farmacológico alguno, es una sustancia inocua y sin embargo resulta igual de eficaz que un fármaco, si alivia el dolor o lo elimina, si disminuye la angustia o la mejora.

                  Desde nuestra infancia ya hemos comprobado en alguna ocasión el efecto placebo, todos recordamos como trás un accidente sin consecuencias, pero no exento de un llanto inconsolable, nuestros padres nos colocaban una tirita “curativa” con la que parecía que desde el preciso momento que se adhería a nuestra piel, el dolor se atenuaba y en pocos segundos desaparecía.  Solo el hecho de saber que te estaban atendiendo y tratando de resolver tu dolor disminuía la angustia en el niño.  Ni que decir hoy día que las tiritas vienen con dibujos de Pocoyo.  Analgesia garantizada.

                Pero, ¿qué ocurre en los adultos?  Es lo mismo.  Los pacientes hospitalizados necesitan ser escuchados, expresar sus angustias y miedos.  Cuando un enfermo establece una conexión con enfermera o médico, y éstos le ofrecen afecto y le escuchan, su cerebro según una reciente investigación, activa una región vinculada a la habilidad de experimentar un beneficio o una mejoria.

         ¿Pero cómo podríamos explicar el efecto placebo? Algunos dicen que “todo está en la mente”.  A mi juicio la mente influye en como el organismo responde a un problema,  pensar que vas a mejorar induce en el ser humano una respuesta química real con resultados reales.  Es obvio que los placebos no funcionan en determinadas enfermedades graves ya diagnosticadas, pero el poder de sugestión no tiene límites, y en ocasiones la ingesta de uno de estos comprimidos consigue aliviar dolores exacerbados por cierta labilidad emocional en el paciente.

             La relación existente entre el personal sanitario y el enfermo actua como un placebo extraordinario.  Yo misma he comprobado como trás informar, tranquilizar o simplemente charlar con un paciente hospitalizado, éste no ha necesitado el sedante para dormir.  Es curioso este fenomeno pero ocurre,  las personas mejoramos y sentimos alivio cuanto mayor es el contacto afectivo.

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