Percepciones diferentes

campo de amapolas

                El debate sobre la tonalidad de un vestido ha incendiado las redes sociales y las noticias estos últimos días. Lo de menos eran los colores reales, lo de más es que ha generado todo tipo de cuestiones, debido a que la mitad lo apreciaban de dos colores (blanco y dorado) y la otra mitad (azul y negro) sin ningún género de dudas. Parece ser que el vestido, casualmente, ha descubierto para algunos, que la percepción del color es algo subjetivo y que entre la realidad y lo que nosotros percibimos hay un abismo.  El color como algo material, tangible, no existe. No es más que un producto de la mente. El cerebro aprecia los colores cuando el ojo humano percibe diferentes frecuencias de luz y cada persona percibe los colores de modo distinto, sin que por ello se hable de daltonismo.

           Obviamente que hace falta luz para que todo esto funcione, esa luz se refleja en los objetos y llega a nuestros ojos a través de la cornea para luego pasar a la pupila.  Entonces se proyecta una imagen en la retina y en las paredes del globo ocular, en donde es absorbida por células fotosensibles que reconocen las diferencias entre las distintas longitudes de esa onda de luz, es decir, los colores.  Pura fisiología.  Así es como podemos diferenciar el color, los matices y tener una percepción del mundo que nos rodea mediante el sentido de la vista. Y como casi todo, en el amplio y apasionante mundo de los sentidos, el ser humano los siente, los percibe y los vive con lógica pero con incoherencia y contradicción también.

        Los sentidos y la percepción de los hechos ante la vida ofrece tantas variedades y proyecciones, que no resulta difícil encontrarse con personas que manifiestan una disonancia cognitiva en el quehacer de su vida diaria, personal y social. Es algo así como un conflicto interno permanente entre el pensamiento y los hechos, entre lo que dicen y hacen. Auténtica discordancia.

           Es frecuente, por ejemplo, escuchar a muchas personas defender posturas ecologistas que, sin embargo, utilizan diariamente su vehículo privado para ir a trabajar, sin plantearse la posibilidad de utilizar un medio de transporte público o bicicleta que podrían coger a pocos minutos de casa y evitar de este modo mucha contaminación atmosférica. Estas personas obviamente exponen una serie de argumentos, que convincentes o no, a ellos les sirve para evitar la tensión o disonancia generada por estas contradicciones, como que existe un mal funcionamiento del servicio público, que si no cumple los horarios, que si el carril bici…etc… “si no fuera así, estaría encantado de usarlos” y «total un coche más, no puede afectar mucho a la ciudad“. En suma, justifican su conducta siempre alegando un mal funcionamiento de los medios de transporte y un uso inadecuado de la vía pública para las bicicletas, independientemente de que ésto sea o no cierto. De esta manera pueden seguir defendiendo su postura ecologista y a la vez seguir utilizando cómodamente su vehículo particular sin que ello les genere tensión.

          Como vemos, parece haber una tendencia natural en el ser humano a sentir que todos nuestros comportamientos y pensamientos son coherentes entre sí y necesitamos además, no sólo convencer a los otros de esa coherencia, sino también convencernos a nosotros mismos. Nos sentimos mal cuando mantenemos de forma simultánea dos pensamientos que están en conflicto o cuando nuestros razonamientos no están en armonía con nuestra conducta. Por ello, una vez emitida una afirmación o tomada una decisión hemos de buscar por todos los medios, razones que la justifiquen, y cómo no, personas que elogien tal argumento. Por tanto cada vez me sorprende menos, ante tanta ambivalencia moral, aquellos que dicen algo y actúan de forma contraria y me decepcionan profundamente aquellos que van de lo que no son ni han sido nunca. Nada me extraña en tan progresistas conciencias.

Sindrome de Dunning-kruger

       Resulta, cuando menos, sorprendente como el ser humano -algunos- tienden a hacer juicios apresurados sobre los demás. Opiniones sin fundamento en su mayoría, llevados tan sólo por la imaginación o por la convicción de que están en lo cierto, sin ni siquiera tomarse la molestia, para qué, de averiguar qué o quién está detrás de esas estimaciones gratuitas e infundadas. Y lo curioso es que el juicio suele ser dañino, escrutando lo peor del prójimo y reflejándolo, como es lógico, favorablemente sobre sí mismo.

      Está más que demostrado la tendencia a no advertir nuestros propios defectos y sin embargo “distinguir” claramente los de los demás, sin darnos cuenta que cuando valoramos, -menospreciamos- en este caso, nos calificamos a nosotros mismos, y el juicio de valor acaba convertido en prejuicio personal. Hipocresía. Así somos el ser humano.

      Esto es un fenómeno contrastado y con rigor científico,  desde hace ya tiempo, por expertos en Antropología y Psicología de la Universidad americana de Cornell, los cuales llevaron a cabo un estudio del por qué hay personas que tienden a valorarse a sí mismas por encima de los demás. Es el Sindrome de Dunning-kruger, que viene a decir que quien posee menos habilidades y conocimientos le cuesta reconocerlo, es como sí debilitaran su confianza, y lo que es peor, suelen creer que su juicio es el único válido. Están convencidos de ser los mejores y de poseer  la verdad absoluta, sobreestimando sus propias competencias y talento. Es algo así entre la vanidad y la arrogancia, tan de actualidad.

      Y es que estamos rodeados de “expertos’ en todo,  auténticos eruditos de la vida, charlatanes en su mayoría incapaces de reconocerlo y poseedores de esa tendencia sistemática a valorarse por encima de la media. Son los pseudorredentores del siglo XXI, que andan proclamando firmemente  sus vaticinios allá por donde pasan y que no sólo toman decisiones desafortunadas para el bien de la sociedad, si no que a la vez, su vanidad les impide darse cuenta de ello.